las nueve de la noche.
Las puertas de las celdas pronto van a cerrarse.
Se hace largo, esta vez, un poco largo:
con sus noches,
sus días
y sus tardes.
Pero si el hecho de vivir, querida,
Significa que esto ha de prolongarse,
Vivir, querida mía,
Tiene tanta importancia como amarte
El gigante de ojos azules
Un gigante de ojos azules
Amaba a una mujer pequeña
Cuyo sueño era una casita
Pequeña, como para ella,
Que tuviera al frente al jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante amaba en gigante,
Su mano, a grandes obras hecha,
Mal podía construir los muros
Ni usar el timbre de la puerta
De una casita con jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante de ojos azules
Amaba a esa mujer pequeña
Que pronto se cansó, mimosa,
De tan desmesurada empresa
Que no concluía en un jardín
con temblorosas madreselvas.
Adiós, ojos azules, dijo.
Y, con graciosa voltereta,
Del brazo de un enano rico
Penetró en la casa pequeña
Que tenía al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.
El gigante comprende ahora
Que amores de tanta grandeza
No caben ni siquiera muertos
En esas casas de muñeca
Que al frente tienen un jardín
con temblorosas madreselvas.
Con este calor
Con este calor pienso en ti
tu desnudez
tu cuello tus muñecas
las cosas que me decías
con los pies como una blanca paloma
descansando en un cojín.
Con este calor pienso en ti
no sé si lo que más recuerdo
lo que viene a mis ojos
es tu cuello tus muñecas
tus pies descalzos
las cosas que me decías cuando eras mía.
Con este calor amarillo pienso en ti
en la habitación de un hotel con este calor amarillo pienso en tí
y me despojo de mi soledad
mi soledad que se parece un poco a la muerte.
Las seis de la mañana
Las seis de la mañana.
He abierto la puerta del día y he entrado,
el sabor de un azul reciente en la ventana ha venido a mi encuentro,
en el espejo las arrugas de ayer en la frente
y en la nuca la voz de una mujer, suave como la pelusa del membrillo,
y en la radio las noticias del país
y ya mi glotonería se desborda
correría de un árbol a otro por el huerto de las horas
y el sol, mi niña, se pondrá
y espero que más allá de la noche
el sabor de un nuevo azul me aguarde, espero...
Mi Alma
Cierra los Ojos
despacio
y como se hunde en el agua
húndete en el sueño
desnuda y vestida de blanco
el más bello de los sueños
dará la bienvenida a
mi alma
cierra los ojos
poco a poco.
Te amo
Te amo como si comiera pan con sal
como si al despertarme de noche con fiebre
bebiera agua con la boca en el grifo,
como abro el voluminoso paquete postal,
sin saber qué es ni de quién,
nervioso, contento e inquieto,
te amo como si sobrevolara por primera vez el mar.
Te amo como si en Estambul anocheciera lentamente
mientras algo se agita dentro de mí
y dijera: "¡Qué suerte estar vivo!".
Graves como las piedras,
Tristes como canciones de presidio,
Pesadas y macizas como bestias de carga,
Tus manos se parecen
al rostro endurecido
de los niños hambrientos.
Ágiles, laboriosas como abejas,
pródigas como ubres desbordantes de leche,
intrépidas lo mismo que la naturaleza,
bajo su dura piel, tus manos guardan
la amistad y el afecto.
No está nuestro planeta sostenido
por los cuernos de un buey
Tus manos lo sostienen...
¡Qué hombres, nuestros hombres!
Los mantienen a fuerza de mentiras,
siendo que andan hambrientos,
faltos de carne y pan,
y dejan este mundo, al que cargan de frutos,
sin poder verlos en la mesa propia
ni siquiera una vez.
¡Qué hombres, nuestros hombres!
Sobre todo los de Asia, los de África,
del medio Oriente, del Cercano Oriente,
los de las tantas islas del Pacífico
y los de mi país, es decir,
mucho más del setenta por ciento
de los hombres del mundo
Están adormecidos, están viejos,
siendo listos y jóvenes como lo son sus manos...
¡Qué hombres, nuestros hombres!
Ustedes, mis hermanos de América o Europa,
tan alertas y audaces,
a quienes, sin embargo,
los aturden lo mismo que a sus manos,
y les mienten,
y los hacen marchar...
¡Qué hombres, nuestros hombres!
Si mienten las antenas de las radios,
si mienten las enormes rotativas,
si miente el libro y mienten los afiches,
si mienten los anuncios de los diarios,
si mienten las desnudas piernas
de las muchachas en el teatro y en el cine,
si hasta mienten las canciones de cuna,
si miente el sueño, si el pecado miente,
si miente el violinista de la boite,
si miente el plenilunio
en las noches sin ninguna esperanza,
si mienten la palabra, el color y la voz,
si miente el que te explota,
el que explota tus manos,
si todo el mundo y todas,
todas las cosas mienten, a excepción de tus manos,
es para que tus manos siempre
sean dóciles como arcilla, ciegas como la noche,
idiotas como el perro del pastor,
y para que jamás se subleven tus manos
Y para que no acabe jamás tanta injusticia
-Ideal del traficante-
Sobre este mundo nuestro, este mundo mortal
Donde poder vivir sería lo mejor.
La mitad de mi corazón está aquí, doctor,
pero la otra mitad se encuentra en China,
en el ejército que baja hacia el río Amarillo.
Cada mañana,
cada mañana con el alba,
mi corazón es fusilado en Grecia.
Y cuando el sueño rinde a los presos,
cuando se alejan de la enfermería los pasos últimos,
Mi corazón se va, doctor,
se va hacia una vieja casa de madera, allá en Estambul.
Además, doctor, hace más de diez años
que no tengo nada en mis manos
para ofrecer a mis hermanos;
Tan sólo una manzana,
una roja manzana: mi corazón.
Por todas estas cosas, doctor,
Y no por culpa de la arteriosclerosis,
ni de la nicotina, ni de la cárcel,
Tengo esta angina de pecho.
Desde mi cama
contemplo la noche tras de los barrotes.
Y a pesar de todos estos muros
que me aplastan el pecho,
Mi corazón palpita con la estrella más remota.
Autobiografía
(Berlín Oriental 1961)
Nací en 1902.
Jamás he vuelto a mi ciudad natal.
No me gusta volver atrás.
A los tres años, en Halep, ejercité la profesión de nieto de Pachá,
a los diecinueve la de estudiante de la Universidad de Moscú,
a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú:
y desde los catorce años escribo poesías.
Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros
conocen variedades de peces,
yo, de separaciones.
Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella,
yo, el de las nostalgias.
He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles.
He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado
incluido el de la huelga del hambre.
A los treinta años han querido ahorcarme,
a los cuarenta y ocho quisieron concederme la medalla de la Paz
y me la concedieron.
A los treinta y seis, necesité seis meses para recorrer
cuatro metros cuadrados de sombrío hormigón.
A los cincuenta y nueve, en dieciocho horas volé desde Praga a La Habana.
En 1951, en un mar, en compañía de un amigo,
anduve sobre la muerte.
En 1952, con un corazón cascado, tendido sobre la espalda,
esperé a la muerte más de cuatro meses.
Fui locamente celoso de las mujeres a las que amé.
No le tuve ninguna envidia a nadie, ni siquiera a Chorlot.
Engañé a mis mujeres.
Nunca hablé mal detrás de mis amigos.
He bebido, sin llegar nunca a borrachín.
Siempre con el sudor de mi frente
gané mi dinero ¡Qué suerte pera mí!
Sentí vergüenza ajena. Mentí.
Mentí por piedad.
Pero nunca dije mentiras porque sí.
He subido en tren, en avión, en coche.
La mayoría no lo consigue.
He ido a la Ópera.
La mayoría no consigue ir
a la mezquita, la iglesia, el templo, la sinagoga, los hechiceros;
ni siquiera ha oído hablar de la Ópera.
Sin embargo, desde los 21 años no voy
a muchos de los sitios adonde va la mayoría,
pero suelo hecerme leer el porvenir
en los posos del café.
Mis escritos están impresos en cuarenta idiomas
y prohibidos en mi Turquía, en mi propia lengua.
No tengo aún el cáncer,
tampoco es obligación padecerlo.
Nunca seré primer ministro o cosa perecida,
tampoco me gustaría serlo.
No fui a la guerra
pero tampoco bajé a los refugios en medio de la noche.
No me arrastré en las carreteras
huyendo de los aviones que vuelan a ras de tierra.
Cerca de los sesenta me enamoré.
En pocas palabras, amigos míos
aunque esté hoy en Berlín, muriendo de nostalgia,
puedo afirmar
que he vivido como un hombre.
En el tiempo que me queda por vivir
¿qué podrá ocurrirme aún?
¿Chi lo sa ?
